Relato: CONVERSANDO CON DIOS

CONVERSANDO CON DIOS
—¡Despejado! —dijo desde la base de la escalera sin parar de apuntar en todas direcciones.
Otro explorador descendió por ellas. Había sido una suerte encontrar este bunker pero no entendía como podía habérseles pasado por alto en sus otros barridos de la zona. Al pisar el suelo metálico, tomó de nuevo su arma y tocó en el hombro a su compañero para indicarle que ya había estaba operativo. Comenzaron un lento avance por la pequeña estancia. La escasa luz hizo que accionaran sus potentes linternas. Los haces barrieron estanterías repletas de latas y pequeñas herramientas que apenas tenían una pequeña capa de polvo. Todo parecía indicar que hasta hacía poco tiempo alguien había estado allí ¿qué podría haberles pasado para dejar todo ese material tan codiciado en los tiempos que corrían?
—La radio no funciona. Solo me llega estática.
Con un gesto de la mano le ordenó silencio. Ambos apagaron sus comunicadores y centraron toda su atención en los débiles ruidos que surgían de todos lados. Goteos, chirríos y unos golpecitos rítmicos llamaron su atención. En lo que parecía ser el fondo del bunker, había una pequeña mesa de escritorio con un equipo de radioaficionado. Un ligero zumbido salía del aparato. Uno de los exploradores se acercó a él mientras el otro comprobaba un acceso lateral a un tipo de almacén y se perdía engullido por la oscuridad reinante. El que se quedó próximo a la radio accionó unas cuantas ruedas y botones que encendieron el aparato provocándole un susto de muerte pues no esperaba que ese arcaico amasijo de metal funcionara.
—¡joder! ¿Estás gilipollas? —lo amonestó su compañero dándole un golpe en el casco—. Se me ha parado el corazón ¿Esa cosa tira?
—Eso parece ¿Sabes usarla?
—¡Ni puta idea! Creo que solo he visto algo parecido en alguna de esas revistas viejas. —Cogió el intercomunicador y, con una sonrisa pícara, se lo acercó a los labios—. ¿Dios, estás por ahí? Si es así, tráenos un par de…
—Deja de hacer el payaso — dijo mientras se lo arrebataba de las manos.
Un fuerte golpe les hizo que volvieran sus cabezas y armas hacia el que había sido su acceso. La puerta se había cerrado.
—¿Qué ha sido eso?
—Silencio.
Nada se movía. Todo permanecía en una quietud tétrica y oscura. Ente los débiles sonidos que poblaban cada rincón del bunker, una voz entrecortada y llena de ruido brotó del equipo de radioaficionado. Uno de ellos se lanzó a mover las ruedas intentando captar mejor la comunicación.
—¿Pero sabes lo que haces? Deja eso y salgamos de aquí.
—Tu sigue vigilando, ¡joder!
Poco a poco limpió el sonido y, sin apenas darse cuenta, ambos contuvieron la respiración mientras intentaban descifrar las palabras que raspaban la radio.
—¡Salid de allí!..rrrgg…entrado —escupieron los altavoces.
—¿Qué es lo que ha dicho? Parecía la voz del comandante.
Los nervios comenzaron a atenazarles mientras seguían tocando botones y mandos de esa vieja reliquia.
—Salir..rg.. no estáis solos.

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