Relato: CUENTOS DE VIEJAS

CUENTOS DE VIEJAS

—Al fin en casa —se dijo a sí mismo mientras golpeaba el tronco de un árbol. En él estaban grabadas sus iniciales desde hacía unos años. Una de esas cosas que hacen los adolescentes.
Se concedió unos instantes para recuperarse pues el cansancio de tantos días de camino estaba acabando con él. Solo soñaba con poder abrazar a su hermana y degustar algún plato de su madre. En pocos minutos llegó hasta la puerta de su casa y antes de entrar, supo que algo no estaba bien. Un sentimiento de urgencia le hizo correr hasta su interior y siguiendo unos sollozos apagados acabó en la cocina. Al ver la escena se le paró el corazón. Todo estaba destrozado, trozos de loza por el suelo, restos de comida y un fuerte olor le fueron guiando hasta topar con el origen de los lamentos. Su madre yacía en el suelo e intentaba sin éxito incorporarse. A su alrededor había restos de sangre medio coagulada. Se agachó hasta ella y comenzó a gritar.
—¡Mamá! Soy yo, tranquila —dijo intentando hacer que le reconociera. Por fin enfocó su mirada, enmarcada en un rostro lleno de moratones y pequeños cortes—. ¿Qué ha pasado?
 Ella se echó en sus brazos sin poder contener un llanto profundo y desesperado. Su cuerpo temblaba incontrolado mientras su hijo la estrechaba con fuerza. Poco a poco fue calmándose y respirando con mayor tranquilidad. Se separó un poco de él para observarle y volvió a abrazarle con fuerza. Él la apartó cuidadosamente provocándola un fuerte dolor en las costillas. Debían de haberla dado una paliza tremenda. La ira comenzó a inundar su alma. Entonces cayó en la cuenta de que no había oído a su hermana ni esta estaba junto a su madre. Liasia nunca la dejaría sola en ese estado. Tuvo la certeza de que algo la había sucedido. Miró serio a su madre.
—¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto?. —Los ojos de su madre le fueron esquivos. Podía notar su vergüenza y eso le hervía la sangre—. ¿Dónde está Liasia? Necesito respuestas, Mamá.
La mujer le miró asustada pero consiguió sobreponerse. Se incorporó con ayuda de su hijo y miró a su alrededor. Todo estaba destrozado. Un escalofrío le recorrió la espalda recordando la paliza. Dos lagrimones le resbalaron por su cara.
—Ha sido tu padre
—Ese saco de mierda,…pero ¿por qué? ¿Dónde está? ¿Y mi hermana?
—Se la llevó hace dos días al puerto. Desde entonces no se nada de ella. —Su hijo le miró no entendiendo cómo había podido estar tirada dos días en su estado. Ella apartó la mirada—. Tu padre volvió hace unas horas sin ella, solo quería dinero ¡No nos queda nada! Solo lo que tú nos enviabas y lo tenía guardado. Al final, tuve que dárselo.
Ya había escuchado suficiente. Estrechó a su madre y la acompañó hasta su cama. La tumbó con mucho cuidado y cogió su petate. De él sacó parte del dinero que había guardado de su último jornal en las minas y se lo dio. Se aseguró que estaba todo lo bien que podía tras esa paliza. Le besó en la frente y se dirigió hacia la puerta. Antes de traspasarla, se giró con una fuerte determinación marcada en su rostro.
—Voy a ir a buscar a Liasia. Cuando salga, atranca la puerta y espera mi regreso.
—¿Dónde vas a ir?
—Creo que buscaré primero a mi padre y él me llevara hasta ella. Supongo que estará en la taberna del puerto el muy borracho… ¡Me las va a pagar!
—¡No hagas locuras! —rogó intentando incorporarse. En su fuero interno estaba preocupada por sus hijos, sobre todo por su niña, ¿dónde estaría? ¿Qué la habría pasado? ¿Qué le habría hecho ese malnacido? La mirada de su hijo le hizo estremecerse y sabía que nada le impediría buscar a Liasia—. Ten mucho cuidado. Desde que se la llevó, ha vuelto la bruma. No es buena señal.
—¡Cuentos de Viejas! —Con estas palabras cerró la puerta tras de sí.
Casi a la carrera, llegó a la taberna del puerto. Un fuerte hedor se mezclaba con el salitre de la brisa. Un ruido de fondo le indicaba la proximidad del mar. Su arrullo, que siempre le había calmado, le hizo cerrar los puños con fuerza. El mar también le traía el recuerdo de su padre. Pescador de toda la vida, con todo lo que con ello conlleva en esos tiempos. Grandes periodos sin verle, la obligación de ejercer de cabeza de familia en su ausencia, sus palizas, el alcohol… Perdido en esos pensamientos se plantó en la puerta de la taberna. Tragó saliva y entró en ese antro. Sus fosas nasales se inundaron de un fuerte olor a humanidad, tabaco y alcohol. Los ojos le lagrimearon y comenzaron a escocerle. Al fondo de la barra pudo ver a su padre recostado y descamisado. Era lamentable ver el estado en el que se encontraba. Varios de los clientes se giraron al escuchar la puerta. Sus rostros etílicos destilaban tristeza y desasosiego. Su padre discutía con el dueño del bar.
—Ponme otra Glor, no seas así. —Las palabras se arrastraban por la asquerosa garganta de ese malnacido —.Te acabo de pagar parte de la deuda ¡Dame un respiro!
El propietario estaba de espaldas colocando unas botellas y cabeceaba de forma evidente. El joven aprovechó para acercarse a su padre y, este al verle, le sonrió y abrió sus brazos.
—Dos tragos que acaba de llegar mi hijo y hay que celebrarlo.
Antes de poder pensarlo, su cuerpo reaccionó. Un puño voló hasta impactar con el rostro de su progenitor que cayó al suelo como un fardo. Todos se volvieron al momento.
—¿Estás loco? ¿A qué ha venido eso? —se quejó frotándose la mandíbula.
—Por Mamá.
—Esa zorra no me quería dar mi diner..—La frase quedó inconclusa pues una fuerte patada en las costillas hizo que comenzara a toser hasta que vomitó parte del contenido que había estado ingiriendo.
—No la vuelvas a llamar así y no era tu dinero. —Cada vez le estaba costando más controlarse. Habría caído sobre él hasta que dejara de moverse de no haber sido el último en ver a su hermana. El odio de años de maltratos y vejaciones había estado fermentando aunque nunca lo hubiera reconocido, ni siquiera a sí mismo.
Mientras se sucedía la escena, el tabernero había salido de la barra con un garrote y se había situado a la espalda del joven. Este estaba centrado en su padre y no se dio cuenta del movimiento. Notó unos golpes en su hombro realizados para llamar su atención pero él no se giró.
—Niñato, deja en paz a tu padre y sal del local antes de que te saque yo, ¿lo has entendido? —Se hizo una idea de la posición de su interlocutor por el origen de la voz y por una rápida mirada de soslayo al arma—. Él y su dinero son bienvenidos a esta taberna y no vas a joderme.
El tabernero levantó un poco más el garrote para realzar la amenaza y cuando estaba a punto de impactar sobre el hombro del joven este se volteó. Fue un movimiento rápido y grácil. Bloqueó la muñeca de su atacante y la retorció provocando que el garrote cayera al suelo. Lo recogió mientras su agresor daba un par de pasos hacia atrás. El joven agarró a su padre que ya comenzaba a levantarse y lo lanzó hacia la puerta haciendo que aterrizara sobre el suelo de la calle. Sin dedicar ni una palabra más, salió del local.
—Liasia, ¿dónde está?
—¿Cómo lo voy a saber?
—No tengo paciencia, ¡hoy no! —amenazó mientras se acercaba aun más a él—. Donde la viste por última vez.
—En mi barco, me ayudaba a…—ese silencio era tan revelador como acusatorio. Ni en sus más oscuros pensamientos podía pensar en que ese saco de mierda acabara esa frase.
Agarró al borracho por el hombro y lo condujo en dirección al muelle. Este intentó zafarse gritando cosas sobre la bruma, pataleando e incluso mordiendo pero la tenaza realizada por su vástago era inquebrantable. Llegado un momento se detuvo y volvió a golpearle en la cara.
—Cuentos de Viejas —le dijo a unos palmos del rostro—. Y ahora o vas al muelle por tu propio pie o juro que te arrastro hasta tu barco a base de golpes. Tú eliges.
El padre asintió y se serenó un poco. Comenzó un lento caminar hacia el muelle. Según se iban acercando, la bruma se hacía más y más densa. Esto hacía que el nerviosismo del viejo marinero se acrecentara por momentos. Se volvía y miraba hacia todas direcciones buscando y, a su vez, temiendo encontrar algo. Esa paranoia estaba poniendo nervioso hasta al joven. Nunca había entendido esas supercherías. Sus padres y gran parte de sus vecinos temían a la bruma. Pero si estaban en un pueblo costero, ¿qué esperaban? Había bruma casi cada noche. Hablaban de desapariciones, de ruidos extraños, locuras de aldeanos. Cuentos de Viejas se decía una y otra vez. Aun así, había algo extraño en esa niebla densa y húmeda. Llegaron a la embarcación pero ahí no había ni rastro de Liasia. Tan solo había unos jirones de tela y algún rastro de sangre reseca ¿Qué le habría hecho este animal?
—No está aquí, ¿nos podemos ir ya? —Estaba totalmente aterrorizado. El joven le agarró de la cabeza y comenzó a señalarle los restos de sangre y los pedazos de ropa esparcidos por la barcaza. El marinero cayó de rodillas y comenzó a llorar—. Yo no quería hacerlo.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Le zarandeó con todas sus fuerzas y lo tiró al suelo. Comenzó a patearle con fuerza mientras le gritaba preguntando por su hermana.
—¡Cayó al agua! —dijo entre los gritos y quejidos.
—Pero si Liasia no sabe nadar. Tiene un miedo atroz al mar ¿No la ayudaste? ¿La dejaste ahogarse? ¡La mataste!
—Es que ya estaba aquí.
—¿Quién estaba aquí? —Se había detenido totalmente bloqueado. No entendía nada.
—La Bruma. —Como si esas palabras fueran la solución lógica a la situación—. Tuve que huir.
¡No se lo podía creer! Su padre, tras agredir brutalmente a la sangre de su sangre, dejó que se ahogara en el mar por miedo a la bruma. Ya fue demasiado. Decidió que esto era un final. Su mirada se endureció aun más. Lo sujetó del cuello y lo alzó. La rabia, el dolor, el odio y la venganza le otorgaban una fuerza casi inhumana. El marinero comenzó a boquear y sus ojos comenzaron a ponerse vidriosos. La niebla a su alrededor fue incrementando su densidad. Comenzó a formase una mano que se apoyó en el brazo del joven.
—Hermano, suéltale. —Un susurro le llegó hasta sus oídos.
Era la voz de su hermana. A su lado estaba su figura traslúcida formada por retazos de bruma muy densos. Esto hizo que la presión cediera y el cuerpo del marinero cayera de nuevo al suelo. No podía creer lo que veían sus ojos. De su cuerpo comenzaron a brotar trozos de niebla que fueron enroscándose sobre la cintura y los brazos del marinero. Este intentó zafarse pero la presa se hacía más fuerte. Iniciaron un lento arrastre hacia el mar entre los gritos desesperados del padre hasta que desapareció bajo las aguas.
—Nosotros nos ocuparemos de él.
—Liasia
—Lo sé hermano. Esto no debería haber sucedido.
—Pero…
—Cuida de Mamá.
La imagen de su hermana comenzó a diluirse. El intentó atraparla entre sus manos pero no podía aferrarse a nada. Ella le sonrió.
—Siempre que quieras verme, intérnate en la bruma. —Una lágrima de rocío cayó por la mejilla de su difuso rostro—. Y recuerda, esto son solo Cuentos de Viejas.
Una dulce risa acompañó a esa broma que siempre se habían hecho de pequeños. Volvería cada noche que hubiera bruma para poder verla de nuevo.

Nota: Enviado para la Antología “La Bruma” de Escuela de Fantasía (No seleccionado)

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