Relato: NOCHE DE CAZA

NOCHE DE CAZA

La luna, en todo su esplendor, bañaba una fría noche estrellada. El bosque parecía dormitar con su eterno susurro noctámbulo, pero una figura se movía por él con una frenética marcha. La criatura había comenzado con uno de sus juegos predilectos: La Caza. Suelo, ramas y aguas eran sus dominios dentro de los confines de esa inmensa arboleda. Apenas se tomaba unos instantes para olfatear el aire y corregir su carrera. Esta era su noche y alguien había osado inmiscuirse en sus dominios. No solía ser tan sencillo encontrar presas y las noches de caza se las solía pasar merodeando por los límites de sus territorios, buscando a algún descuidado o perdido lugareño. Las historias acerca de la maldición que poblaba el bosque eran las responsables de su escasa fuente de víctimas. Llevaba varios años sin tener casi actividad, pero esa noche, todo parecía haber cambiado. Se estaba aproximando al claro donde parecía haber acampado su objetivo por lo que redujo el ritmo de su acercamiento. Seguramente se trataba de un pequeño grupo de aventureros extranjeros de paso por esas tierras. Se los podía imaginar escuchando las historias de los habitantes de los asentamientos cercanos al bosque y creyendo que tan solo se trataban de supercherías de pueblerinos. La criatura sonrió ante esa imagen. Gracias a su ego envalentonado y a los prejuicios que debían tener sobre las humildes gentes de los campos, iba a poder disfrutar de una noche gloriosa. Se encaramó a uno de los árboles cercanos para tener una mejor visión de sus futuras víctimas. No se trataba de un grupo desorganizado. Habían apostado a uno de sus miembros para hacer guardia, aunque lo más preocupante era la presencia de un enorme mastín. El can podría dar al traste con el factor sorpresa. Debía de pensar en alguna artimaña para deshacerse del animal y del vigía. Entonces comenzaría el juego. En su mente comenzó a formarse un plan. Una sonrisa cubrió su monstruoso rostro. Se deslizó por el tronco hasta el suelo y desanduvo parte de su camino. Pronto encontró la madriguera de la que sacaría el cebo para sus planes. Introdujo una de sus garras y haciendo algo de presión cogió una pequeña liebre y la partió el cuello en el mismo movimiento. Una vez con el señuelo en su poder, comprobó la dirección de la brisa nocturna. Tenía que atraer al perro pero sin delatarse con su propio olor. Se colocó cerca de la posición de los guardianes, próximo a otro de esos imponentes árboles para poder emboscarlos correctamente. Abrió el vientre de la liebre y se concentró mientras introducía una de sus garras en sus entrañas. Poco a poco, una pequeña llama comenzó a formarse en el interior del animal. Un suculento aroma embriagó las proximidades de su posición, por lo que abandonó el manjar y se encaramó a la copa más cercana. En unos instantes todo se llenarías de alimañas y de su objetivo. Apenas habían pasado unos segundos y el mastín reaccionó como se esperaba. Olfateó el aire y se acercó a la fuente de tan irresistible manjar.

—Eolio, ssshhh, ¿a dónde te crees que vas? —dijo entre susurros el vigía apostado mientras seguía a su compañero de guardia—. ¡Maldito perro del demonio!

En cuanto el can se aproximó a la presa, los pequeños animalejos atraídos desaparecieron ante su imponente presencia. A pocos metros le seguía el humano. Entonces, todo sucedió en un suspiro. La criatura saltó desde la copa aterrizando con un fuerte crujido sobre el mastín, partiéndole la columna y gran parte de las costillas. El rostro del vigía se llenó de asombro y de temor ante la visión confusa de su asaltante. Se giró hacia el campamento dispuesto a dar la voz de alarma, pero el cazador fue más rápido. En un segundo estaba a su espalda y de un mordisco le abrió un profundo tajo en su garganta ahogando cualquier sonido. La sangre comenzó a brotar a chorros y la criatura se perdió en su deleite. Mucho tiempo había pasado desde la última vez que había podido desangrar a un humano. En pocos minutos no quedó más que una carcasa vacía. Una vez saciado su primer impulso, se encaminó hacia donde estaba el resto de la expedición pero le fallaron las fuerzas. Una debilidad tomó origen en sus piernas y se fue extendiendo por el resto del cuerpo. Incluso se le enturbió la mirada. Se volvió hacia donde yacía el infeliz sin vida pero un vomito acudió a su garganta. ¿Qué estaba sucediendo? Sólo podía tratarse de veneno, y uno de los poderosos. Un ruido procedente del claro hizo que centrara su atención de nuevo en el resto de la partida de exploración. Ese giro brusco hizo que se desorientara un instante aunque, cuando pudo enfocar de nuevo, la imagen que observó le hizo estremecer. Nadie en el campamento yacía dormido. Ocho figuras le encaraban. Un halo de maldad se podía vislumbrar en sus ojos. Esa mirada le indicó que había caído en una trampa. Una figura en el centro de la comitiva, seguramente el líder de esos desgraciados, poseía una sonrisa perversa en su rostro.

—Ylotiv Estna. Es hora de regresar al Averno —dijo con una voz profunda y antigua.

Aun teniendo el raciocinio aletargado cayó en la cuenta de que ese supuesto humano le había hablado en la lengua prohibida. El idioma de los Infiernos. Y no sólo eso, le había llamado por su verdadero nombre. Eran Buscadores. Venían a por él y se lo había puesto en bandeja. Su cuerpo comenzaba a metabolizar el mal que recorría sus venas. Sólo necesitaba unos instantes para recuperar sus fuerzas. Pensó en alguna forma de ganar tiempo. En estas condiciones no era rival para ellos. Una pequeña llama comenzó a formarse en la garra de la criatura. Antes de que pudieran reaccionar, la lanzó frente a ella y se originó una explosión. El fuego sería su cobertura. Debía escapar. Se volvió y corrió para salvar su vida. Tenía que ser capaz de fundirse con su bosque y escapar de este escuadrón. ¡Cómo había cambiado el juego esta noche! Ahora era él el acosado y en sus propios dominios. Dos impactos rápidos y repentinos hicieron que perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Se incorporó sin cerciorarse del estado en el que se encontraba. No podía detenerse. No pensaba dejarse atrapar. No volvería a ese mundo lleno de vicio, dolor y podredumbre. Otra vez volvió a sentir esa debilidad corriendo por sus músculos. Otros tres golpes retumbaron en su espalda. Cayó y no consiguió volver a incorporarse. Al echar mano a sus heridas, comprobó que los cortes habían sido causados por dagas impregnadas de algún tipo de veneno arcano. Se revolvió para encararse a sus perseguidores. Ya estaba totalmente rodeado. De todas las figuras, se destacó el líder del grupo. Le envolvía un aura de maldad que era casi tangible. Se agachó hasta la criatura y le susurró una letanía de palabras inconexas que hizo que aullara de dolor. Las risas de sus captores le atravesaban la mente como si fueran agujas candentes. Un puñal ceremonial recubierto de glifos y runas reflejó esa impresionante luna durante un instante. Descendió en un golpe limpio que se incrustó en el pecho del agonizante. El cuerpo del ser comenzó a desprender un hediondo olor sulfuroso y a desvanecerse. Tras ello, todo quedó en calma. El arma volvió a su funda. La Noche de Caza había terminado.

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