Relato: UN VIAJE INTERESANTE

UN VIAJE INTERESANTE

—¡Diablos! ¡Se me está haciendo eterno! —dijo la capitana Neil más hablando para sí misma. Llevaban meses surcando los confines del sistema Solar en una misión de transporte de isótopos de uranio para las plantas nucleares de Plutón—. ¿Es que nunca pasa nada en estos viajes?
Su compañera, la experimentada ingeniera Lois Wayne, dejó el pequeño soldador en la mesita auxiliar y la lanzó un preciso puñetazo al tobillo izquierdo de la piloto.
—¡Ay!, ¿a qué ha venido eso? —se quejó mientras se frotaba la articulación—. ¿Qué coño te pasa a ti ahora?
—No mentes al diablo que puede que aparezca —la sonrió desde su posición bajo el cuadro de mandos del puente—. Además, deberías disfrutar de estos viajes y dedicarte a…
Un fuerte fogonazo de luz blanca inundó la sala de mandos. Fue como si un mazazo mandara por tierra a la capitana que salió despedida más por la sorpresa del hecho que por algún tipo de onda expansiva. Tras el estallido todo quedó a oscuras. Neil se incorporó a tientas pues no quedó ni rastro de ninguna luz del cuadro. Todo se había apagado.
—¡Qué coño ha sido eso! Wayne, ¿estás bien? —gritó la capitana al tiempo que otro fogonazo la impactó en la cara e hizo que perdiera de nuevo la verticalidad—. ¡Pero qué está pasando!
—Perdona, ahora he sido yo —dijo la ingeniera mientras enfocaba hacia otro lado la pequeña linterna que sostenía. Una sonrisa se instaló en su cara mientras se ponía de pie y se acercaba a su compañera—. Qué raro. Ya deberían haber saltado los sistemas de emergencia. Vamos que tengo que hacer unas comprobaciones de los sistemas. Ayúdame a abrir la puerta.
La ingeniera accionó el sistema de apertura manual de la puerta del puente de mando y, entre ambas y mucho esfuerzo lograron el espacio suficiente para pasar al pasillo de servicio que conectaba todas las estancias de la nave de transporte. Junto a la entrada al puente había uno de los compartimentos con los trajes por si había algún tipo de emergencia. La capitana abrió y cogió de una de las mochilas anexas a los trajes unas cuantas barras luminiscentes y las lanzó a lo largo del pasillo. Este tomó un brillo fantasmagórico mientras las bengalas rodaban por sus distintos tramos.
—¡Por fin algo de luz! —dijo la voz de Jhoana, científica de la expedición desde el fondo del pasillo. Alzó su mirada y vio a sus compañeras al final del pasillo—. ¿Qué ha pasado chicas? Un fogonazo y nadando en tinieblas… ¿alguna bromita de las tuyas Neil?
La capitana le hizo un gesto obsceno mientras le mostraba el inicio de un llamativo chichón que se estaba formando en la parte superior izquierda de la frente. Mientras, Wayne había abierto una compuerta en el suelo y se deslizaba por ella para realizar las comprobaciones de los sistemas.
—Pobrecita, ¿te has hecho pupita? Ven que yo te curo —dijo Jhoana extendiendo un brazo hacia el rostro de la capitana. Esta lo apartó de un manotazo—. ¡Ay! Bruta. Por cierto, ¿dónde anda nuestra segurata?
—Sargento García para ti monina —escupió la soldado mientras la daba unos golpes en la espalda que sobresaltaron a la científica—. ¿Alguna de las cerebrito sabría decirme que ha pasado?
—Todo se ha fundido. No tenemos sistema auxiliar ni ningún tipo de sistema de soporte vital o de comunicaciones ¡Todo frito! —La voz de la ingeniera salió de la trampilla instantes antes de que emergiera ella misma—. Sea lo que sea, se lo ha cargado todo.
—¿Sin sistemas de soporte vital? Protocolo Iotha. Todos a los trajes ¡ya! —ordenó la sargento con una voz autoritaria que no admitía ningún tipo de réplica—. Tres minutos y nos reunimos en la puerta principal de la nave.
Cada una de las mujeres se dirigió al lugar donde se almacenaban sus trajes y se los colocaron de forma autómata dada las veces que habían realizado los distintos simulacros de emergencia. Antes de que terminara el tiempo límite impuesto por la encargada de la seguridad de la nave, estaban todas preparadas y dispuestas a afrontar esta peculiar situación inesperada.
—¿Y ahora? —preguntó la científica—. ¿Qué nos dice el protocolo?
La cara de la sargento hizo que no fuera necesaria respuesta alguna por su parte. No tenía la menor idea y eso la ponía nerviosa. Era su primera misión al mando de la seguridad. Acababa de ser trasladada a transporte y en su anterior destino era más habitual que tuviera que recibir y repartir órdenes que originarlas. Ante su duda, Wayne dio un paso adelante.
—Tengo que salir para ver si algo ha dañado de algún modo la nave— dijo intentando parecer decidida.
—¡Pero si no hemos notado impacto alguno! —se quejó la científica, claramente preocupada por la posibilidad de salir al exterior—. ¿No hay otro modo?
—Miedica —la instigó la capitana—. Cobardica, llorona, …
—¡Ya está bien! Sed profesionales y dejar vuestras luchas…sois insufribles —las amonestó Wayne mientras se aproximaba a la puerta de acceso al exterior.
—Un momento Wayne —dijo García mientras miraba distraída por uno de los ventanucos que tenía el pasillo.
—¿Dónde se han ido las estrellas? No veo ninguna.
Las tres la miraron sin comprender. Tras un instante, la científica y la capitana se lanzaron a otros ventanucos para comprobar lo que decía su compañera. Era cierto, no se podía ver la luz de ninguna de las estrellas. Era como si toda la galaxia se hubiera fundido al mismo tiempo. Todo estaba inquietantemente oscuro. De repente, Jhoana cogió una bengala del suelo, la puso ante su rostro y la dejó caer. Repitió la operación otra vez con idéntico resultado. Después se acercó a Wayne antes de que desactivara el seguro de la puerta de acceso y la apartó de él interponiéndose en su camino y obligándola a mirar cómo caía la bengala al suelo.
—¿Qué haces? —la recriminó la ingeniera.
—Has dicho que no teníamos ningún sistema de soporte vital, ¿eso incluye el sistema gravitatorio artificial? —El rostro de la científica expresaba una profunda preocupación. Mientras decía esto volvía a repetir el lanzamiento de la bengala una y otra vez. Wayne afirmó con el rostro mientras seguía la trayectoria de la barra luminiscente—. Entonces, ¿por qué tenemos gravedad?
Un ruido proveniente del otro lado de la puerta de acceso interrumpió la respuesta de la ingeniera. Las cuatro se volvieron hacia el acceso. Wayne se acercó porque había aparecido un punto rojizo en uno de los bordes de la puerta. Al poner la mano sobre él, sintió una ola inmensa de calor y se retiró con la mirada aterrorizada. La capitana se volvió hacia ella y la comenzó a preguntar una y otra vez, pero esta parecía estar ida. El punto se transformó en una línea que se estaba extendiendo a lo largo de uno de los bordes de la puerta.
—Algo intenta entrar —consiguió balbucear la ingeniera, presa de un creciente terror.
La soldado se puso frente a la puerta con su rifle de fases de luz. Lo recargó y afianzó la situación.
—Formación defensiva. Todas a las armas —comenzó a ordenar con una leve vibración en la voz que indicaba su creciente inquietud—. Si algo quiere entrar, le daremos la bienvenida como se merece.
La capitana y la científica ocuparon sus lugares temblorosas. La situación era límite. Wayne comenzó a retroceder aterrorizada hasta que su espalda chocó con la puerta entreabierta del puente de mando. Al volverse, lo que vio la petrificó. Una masa informe de algún tipo de líquido viscoso estaba reptando por un agujero realizado en una de las ventanas principales del puente. Se deslizaba lentamente. Poseía una tenue luminiscencia añil. Y cerebro la gritaba que diera el aviso pero no reaccionaba. De repente sintió una punzada en el vientre y al mirar hacia abajo, un apéndice la de criatura le atravesaba el traje y se clavaba hurgando en sus entrañas.
—Chicas, ya han entrado…—dijo con su último aliento.

Nota: Enviado a mis compañeros de  Lupus in Fábula

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *