Relato: TANICA Y EL DRAGÓN DE LA MONTAÑA

Relato: TANICA Y EL DRAGÓN DE LA MONTAÑA

TANICA Y EL DRAGÓN DE LA MONTAÑA

—Tanica, se está haciendo tarde —dijo su madre desde el umbral de la puerta—.
¿En qué andas liada a estas horas? ¿Todavía sin vestir? Yo me marcho y
tú verás si quieres llegar tarde en tu primer día. Tu padre te espera en
la cocina. Luego nos vemos.
Se despidió lanzándole
un beso. La joven le respondió desde el fondo del arcón con el que
estaba teniendo una lucha feroz. Se habían mudado hacía pocos días y aún
no había podido deshacer totalmente sus maletas.
      —Vale Mamá —consiguió articular mientras se quitaba un calcetín de lana de la boca—. Te veré en la escuela. Pasa buen día.
      Nada
más despedirse de su madre, niña y arcón cayeron estrepitosamente,
esparciendo toda la ropa por el suelo de la habitación. Tanica consiguió
salir de aquella montaña de abrigos, calcetines y pantalones con lo que
estaba buscando. Alzó su brazo en un gesto de victoria y observó el que
había sido el campo de batalla: su habitación. Suspiró y, con una
sonrisa pícara, pensó en recogerlo a su vuelta de la escuela. Se vistió
rápidamente y bajó a la cocina. Allí le esperaba su padre que estaba
teniendo su lucha particular. En la encimera descansaban sus primeras
víctimas, una docena de cebollas cortadas y colocadas de forma precisa.
La batalla proseguía con otras tantas zanahorias que pronto acompañarían
a sus hermanas vegetales. Tenía los ojos acuosos y había comenzado a
sudar.
      —Ya era hora. Tómate el desayuno y… —se vio sorprendido por un sonoro beso en la mejilla—. ¿Te vas a ir sin tomar nada?
      —Llego tarde —dijo mientras cogía una de las tostadas de la mesa y apuraba de un solo trago el vaso de leche aun humeante—. Terminaré por el camino. Luego nos vemos Papá.
      Salió
como una exhalación por la puerta trasera de la casa que daba a un
pequeño jardín donde su padre había iniciado el cultivo de diferentes
plantas, hierbas y verduras. Se dirigió hacia un sendero que partía
desde el patio a uno de los caminos principales del pueblo. Estaba
nerviosa porque era su primer día en una nueva escuela y aún no había
podido conocer a nadie de su edad. Sólo hacía unos días que habían
instalado. Se habían tenido que mudar porque el Ayuntamiento de Calha
Sbra había solicitado a su madre como administradora de cuentas. Cuando
llegó la oferta de trabajo y, tras infinidad de conversaciones entre sus
padres en las que alguna vez había participado, se decidió este cambio.
Pasarían de estar en una de las Grandes Ciudades del Reino a un pueblo
próspero y remoto de las Montañas del Norte. Ella había protestado
tozudamente desde el principio, pues no quería abandonar ni a sus amigos
ni su escuela. Era cambiar todo su mundo de un plumazo. Sus padres la
habían sentado y fueron totalmente sinceros.
      Riol,
su padre, hacía meses que no encontraba trabajo. Una gran urbe como en
la que vivían ya no requería los servicios de un Naturalista. Sin
embargo, Namen, su madre, estaba bien situada en uno de los comités de
la administración de la Ciudad. Aun así, la vida en la urbe era cara y
sus ingresos muy limitados. El cambio era necesario y, tras exponerle
esta realidad a Tanica, la joven no tuvo más remedio que aceptar y
apoyar la decisión. Tres semanas más tarde estaban viajando por los
agrestes caminos del norte del reino. Intentando ver el lado positivo de
su nueva situación, Tanica rebuscó en sus libros, indagando sobre las
ventajas de ir a un pueblo de las Montañas del Norte. Cuál no fue su
sorpresa al encontrar diferentes textos que hablaban sobre la existencia
de una de las criaturas que más la fascinaban: dragones libres. Desde
muy pequeña soñaba con encontrarse con estos magníficos seres. Esta era
su oportunidad y por fin el destino les sonreía. Tenía decenas de libros
y cuentos sobre sus razas, historias y leyendas. En esos sueños y
recuerdos navegaba su mente cuando le llegó el repiqueteo de unas
campanas. Era la indudable señal, habían comenzado las clases. Comenzó a
correr para minimizar el retraso. Cuando por fin llegó a la escuela, ya
no había nadie en los pasillos. Su clase era el Aula Verde. Se detuvo
un instante delante de su puerta, recompuso sus ropas y suspiró
profundamente antes de abrirla. Cuando lo hizo, la luz del Sol
proveniente de los grandes ventanales de la clase la cegaron. No
conseguía enfocar su visión.
      —Llegas tarde —dijo una voz aguda que supuso que era de su nueva maestra—.
Debes de ser Tanica, la señorita de la Gran Ciudad. Clase, esta es
vuestra nueva compañera. Viene de una de las grandes urbes del Reino.
Dadle la bienvenida y tú, muévete y siéntate junto a Roth al fondo de la
clase.
      La joven identificó su nuevo sitio, pues
era el único que quedaba libre. Sus compañeros le dedicaron un saludo
algo preparado que sonó bastante forzado. Notaba sus miradas
inquisidoras y escrutadoras. Al sentarse junto a Roth, el joven le
dedicó una sonrisa bastante más sincera que ella devolvió agradecida. Se
hundió en su pupitre y suspiró. Iba a ser un día muy largo.
 
El
sonido de la campana indicó el final de las clases. Realmente el día no
había transcurrido tan mal. Los profesores eran bastante simpáticos y
Roth le caía muy bien. Era el hijo del herrero, aunque parecía que el
resto de la clase no le hacía demasiado caso. Respecto al temario de las
asignaturas, iban algo más retrasados que los de la ciudad. Ella había
perdido unas semanas en el traslado y aun así apenas habían avanzado y
no encontraba demasiadas diferencias. Eso sí, la asignatura de
Naturaleza era otro cantar. No solo estaba mucho más avanzada sino que
además, versaba sobre la fauna y flora autóctona que le eran totalmente
desconocidas. Tendría que pedirle ayuda a su padre y ponerse al día.
      —Bueno, bueno. Así que aquí tenemos a una urbanita —dijo en un tono que no le gustó nada.
      El
que se había dirigido a ella parecía el cabecilla de la clase. Mientras
estaba recogiendo sus cosas, todos sus compañeros la habían rodeado. Se
sintió un poco abrumada y acorralada. Buscó con la mirada el rostro de
Roth pero este solo acertaba a mirarse los pies. Esto no pintaba nada
bien. Les miró, forzando una sonrisa, y esperó estoica el transcurrir de
los acontecimientos.
      —Polp, deberíamos darle una bienvenida como es debido —comentó
una chica que estaba a su lado. Era alta y bastante fuerte. La típica
corpulencia de los habitantes de las Montañas del Norte—. ¿Qué te parece si la invitamos a ir con nosotros a la Gruta?
      —Es una idea excelente, Lora —se regocijó el líder. Un escalofrío recorrió la espalda de Tanica—. Glort ayuda a nuestra nueva amiga con sus cosas.
      El
círculo de compañeros de clase se abrió para dejar paso a un enorme
joven. Tanica le miró algo asustada. Era el chico más grande que había
visto. Antes de que pudiera decir nada, cogió su mochila como si nada.
La situación se complicaba mucho. ¿Cómo iba a ser capaz de salir de esta
encerrona? Su mente comenzó a buscar mil excusas aunque sabía que no la
dejarían ir fácilmente.
      —Muchas gracias chicos pero tengo que irme a casa. Acabamos de instalarnos y tengo que ayudar… —Su discurso se frenó en seco pues Polp se puso a su altura y pasó uno de sus brazos por sus hombros.
      —¿Nos harías ese feo? Solo intentamos que te integres entre nosotros. —Intentó sonar seductor pero resultó ser más una amenaza nada velada.
      Tanica
suspiró y supo que si no iba con ellos, nada bueno podría pasarle de
ahí en adelante. Tendría que seguirles el juego, rezando para que todo
llegara a buen puerto. Los trece chicos dejaron las clases y se
encaminaron por diferentes caminos y senderos. Ella hacía bastante que
se había perdido entre tanto giro y recodo y no sabría volver a casa.
Sólo esperaba que no la abandonaran en medio de un bosque. Su mente le
comenzó a mostrar imágenes terroríficas. Debía serenarse. Al cabo de un
rato que a ella se le hizo eterno, giraron en un extraño cruce de
caminos coronado por dos cipreses inmensos.
      —He aquí la Gruta —dijo el líder.
      —Bendito sea el camino del dragón —le respondieron al unísono el resto de la comitiva.
      Estas
palabras intrigaron mucho a la joven. ¿El camino del dragón? ¿A qué se
referirán? Pensó extrañada. En unos pocos pasos llegaron a una inmensa
cueva en la base de una montaña. La tierra frente a la entrada estaba
removida y un fuerte olor a azufre dominaba toda la zona. Se detuvieron y
unos cuantos comenzaron a recoger piedras de diferentes tamaños. Tanica
les seguía con la mirada preguntándose de que iba todo eso. Cuando
reunieron una veintena de cantos, los depositaron frente al grupo
formando dos grupos de rocas de diferente tamaño.
      —¿Quién quiere mostrar a nuestra nueva amiga la forma de iniciarse en Calha Sbra? —dijo con autoridad Polp.
      La
joven que había sugerido esta excursión dio un paso al frente y cogió
una piedra. Se adelantó un poco separándose del grupo y lanzó el canto
hacia la entrada de la cueva.
      —Lagartija, muéstrate —gritó y retrocedió de nuevo integrándose en el grupo.
      Un
rugido ensordecedor retumbó en el interior de la cueva. El corazón de
Tanica comenzó a galopar en el interior de su pecho. Notó como las dos
fuertes manos de Glort la sujetaban desde atrás. Esto impidió que huyera
pues, aunque no acertaba a adivinar la criatura que había generado tan
aterrador sonido, algo en su interior la invitaba a salir como alma que
llevara el diablo.
      —Ya estáis de nuevo aquí. —Una voz cavernosa les habló—. ¿No tenéis ninguna otra criatura a la que torturar?
      Una
sensación desconocida comenzó a inundar a Tanica. Algo crepitaba cerca
de ella. No sabía reconocer el qué pero algo mágico estaba sucediendo.
Un ruido como de rocas frotándose entre ellas acompañaba a la voz. La
criatura se aproximaba a la entrada de la cueva. Comenzó a sudar
profusamente, nerviosa. Los chicos la miraban y se reían.
      —No te asustes niñita de ciudad. Esta lagartija no puede hacerte ningún daño —se mofó Polp—. Siempre que te fíes de estas traicioneras criaturas.
      —¡Jamás he faltado a mi palabra! —Este último rugido hizo que Tanica cayera de rodillas.
      Sus
ojos se quedaron paralizados. De la cueva había salido una inmensa
figura escamosa. Un dragón. Este se aproximó al grupo desafiante pero
ninguno retrocedió. Sin embargo, Tanica se desembarazó de la presa de
las manazas del hombretón e intentó huir. El propio Polp la agarró de la
muñeca y la tiró al suelo.
      —¡Tú te quedas aquí! —le gritó el líder de la clase—. Vas a tirarle un regalo a esta lagartija o no volverás a tu casa.
      —¡Suéltame! —Tanica intentó revolverse pero la presa que la había hecho de su muñeca era fuerte—. ¡Jamás le tiraré una piedra!¡Los dragones son criaturas de honor!
      Polp
comenzó a carcajearse y el resto de compinches iniciaron una lluvia de
cantos sobre el dragón que les miraba muy enfurecido. Tanica no entendía
por qué no se abalanzaba sobre ellos.
      —¡Parad!
      —No nos puede hacer nada —le espetó otro de los chicos.
      —Lagartija cobardica.
      Los
insultos acompañaban a cada impacto sobre el imponente torso, cuello y
cabeza del legendario ser. Tanica por fin se soltó pero en vez de huir,
se colocó en la línea de fuego. Una piedra la golpeó en el hombro y cayó
hacia atrás. Una inmensa sombra la cubrió recibiendo todos los
impactos, protegiendo a la joven. El dragón proyectó su cola golpeando
el suelo. Este retumbó de tal manera que todos los chicos cayeron al
suelo perdiendo el equilibrio. El primero en levantarse fue Polp que
retrocedió asustado. Era la primera vez que el dragón se protegía y
comenzó a huir.
      —Mi padre se enterará de que has violado tu juramento lagartija —dijo con voz temblorosa sin parar de correr.
      Tras
él salió el resto de compinches. Roth se quedó un instante mirando a
Tanica y emprendió también la huida. Cuando hubieron desaparecido del
claro, el dragón acercó su inmensa cabeza a la joven y la miró con esos
ojos esmeralda. Parecían indagar en el fondo de su alma. Ella volvió a
notar ese crepitar mágico a su alrededor.
      —¿Por qué me has defendido? —atronó de nuevo esa voz.
      La
joven seguía maravillada y bastante asustada. El ser que tenía frente a
ella parecía sacado de aquellos libros que tanto le gustaban leer una y
otra vez. Se trataba de un dragón verde. Se decía que vivían en
comunión con la Madre Naturaleza y que la protegían a Ella y a los
pueblos que vivían para servirla y conservarla. Tanica intentó
levantarse pero el hombro le dolía muchísimo. Los ojos del dragón se
cerraron y su rostro mostró una expresión de concentración. Un calor
inundó el cuerpo de la joven y cuando cesó, el dolor había desaparecido.
      —Gracias— tartamudeó Tanica.
      —Gracias a ti. Hacía años que ningún humano había mostrado compasión alguna hacia mí. —Su voz esta vez sonó más armoniosa—. Aun no me has respondido, ¿por qué me has defendido?
      —Perdona, es cierto no lo he hecho. No veo ninguna razón para que ellos pudieran hacerte ningún daño —dijo la joven más segura. Poco a poco se encontraba cómoda frente a una bestia de esa envergadura—.  Además, no entiendo por qué no te has defendido. ¿Qué es eso de violar un juramento? Ningún dragón haría eso.
       La
criatura se azoró y retrocedió. Parecía que la culpa se había adueñado
de su semblante. Sus ojos se volvieron esquivos y se dirigió hacia su
cueva. La chica se quedó extrañada y algo molesta. ¿No estaban hablando?
¿Por qué huía de la conversación?
      —¿Te he ofendido? —rogó Tanica—. Es la primera vez que hablo con uno de tu especie. Te pido perdón si he dicho algo inconveniente.
El
dragón se detuvo en seco. Al girarse, unas gotas resbalaban por sus
mejillas. Sintió vergüenza. Esa joven le había tratado con mucho respeto
y le había defendido. Él, sin embargo, le daba la espalda sin
explicación alguna.
      —Es una larga y triste historia y comienza a anochecer. —Su voz sonaba pesarosa y la joven deseaba oírla.
      —Entonces vendré mañana y me la cuentas. Es cierto que se está haciendo tarde y mis padres podrían preocuparse —le
costó tomar esa decisión. No había nada en este mundo que le hiciera
más ilusión que poder pasar tiempo con un dragón de verdad y no con sus
historias de papel.
      El dragón le sonrió. Se acercó a ella y le dio un pequeño golpe cariñoso con la testa en el hombro recién curado.
      —Está bien. Mañana al terminar las clases ven a verme y te la contaré —dijo volviéndose hacia la cueva—. Hasta mañana Tanica.
      La
chica se despidió del dragón y retomó el camino. Esperaba poder volver a
casa aunque ahora mismo nada le importaba más que ver de nuevo a esa
hermosa criatura. Cuando estaba a punto de entrar en casa y tras haber
repasado mentalmente decenas de veces la corta conversación con el
dragón, cayó en la cuenta de que ella no le había dicho su nombre pero
él se había despedido llamándola por él. ¿Cómo era posible?
 
El
día siguiente amaneció encapotado. Las clases se hicieron eternas.
Ninguno de sus compañeros la dirigió la palabra. Evitaron acercarse a
ella y solo les oyó hablando en susurros. A Tanica le daba igual porque
iba a poder charlar con el dragón en cuanto acabara la jornada. Por fin
la campana repicó y ella salió corriendo del aula. Trotó por los caminos
para encontrarse con su dragón. Cuando llegó al claro de los cipreses
su corazón golpeaba el pecho con fuerza. Llegó a la cueva y le llamó a
gritos. Al poco tiempo, la inmensa criatura salió de su cubil y la
saludó.
      —Tanica, ¡qué alegría volver a verte! —dijo con su voz gutural.
      —¿Cómo sabes mi nombre? —le preguntó la joven—. Yo aun desconozco el tuyo.
      El dragón se rio y se aproximó a ella. La invitó a sentarse con un gesto de su cabeza.
      —Mi nombre es complicado para los humanos pero siempre me han conocido como Auliothr —se presentó a fin—.
Respecto a cómo conozco el tuyo, lo averigüé cuando te curé el hombro.
Para ello tuve que leer tu esencia. Espero que no te moleste.
      —Para nada, me parece impresionante, ¿podrías enseñarme a hacerlo?
      La
risa volvió a inundar el claro. No recordaba las décadas que no se
divertía tanto y disfrutaba de la presencia de una humana. Entonces su
rostro se volvió a ensombrecer. La tristeza era patente en la expresión
de la criatura.
      —Entonces es una historia triste la que me vas a contar.
      —¿Aún quieres conocerla?
      —¡Claro que sí!
      El
dragón se sentó sobre sus cuartos traseros y elevó su cabeza hacia el
cielo. Hacía muchos años que no se sumergía en aquella aciaga noche.
      —Sucedió
hace muchos años. Un grupo de hombres oso quisieron invadir este bonito
paraje. Comenzaron quemando los campos de cultivo y arrasando alguna
granja de las lejanías del pueblo. Yo los detecte y fui en su búsqueda.
Había prometido defender a los hombres y mujeres de Calha Sbra y cumplí
con mi deber. Los intercepté y, tras una cruenta batalla, acabé con
ellos. Debes saber que no me enorgullezco de dar fin a la vida de ningún
humano pero una promesa es una promesa y mi raza es fiel a su palabra.
Los habitantes del pueblo no creyeron en el ataque y me acusaron de
arrasar con los campos y las granjas por puro placer. Me obligaron
realizar otra promesa. Una que lleva arrancándome la vida desde ese día.
—El dragón seguía buceando en sus recuerdos. El dolor se palpaba en cada palabra—.
Nunca podré volver a entrar en el pueblo ni intervenir en su destino.
Aun así, no puedo abandonar estas tierras e intento que sean seguras
para sus habitantes aunque ellos me odien. Esa es la historia.
      La
joven comenzó a llorar. No podía creer que eso hubiera pasado. Todos
sabían que el honor de un dragón es algo inquebrantable. Además, era
estúpido no creer en su historia, y sin embargo, aferrarse a su palabra
para que se mantuviera alejado del pueblo. No tenía sentido.
      —¿Por qué lloras?
      —Porque no es justo.
 
Tras
esa tarde con Auliothr, Tanica volvía siempre que podía a la cueva para
verle y charlar. En las clases, sus compañeros seguían ignorándola.
Todos salvo Roth que había vuelto a tener una relación estrecha con
ella. Incluso la había acompañado en varias ocasiones a ver al dragón.
Pronto se hicieron inseparables y los tres, los dos jóvenes humanos y el
dragón, comenzaron a verse cada día. Se hicieron grandes amigos y las
horas pasaban volando cuando estaban juntos.
      Una
tarde, estando los tres, sonó un fuerte estruendo y, al poco tiempo,
comenzaron a repiquetear las campanas continuamente. Auliothr se
incorporó y miró a los jóvenes.
      —Algo malo ha sucedido —dijo con un tono preocupante—. Quedaos aquí que voy a investigar.
      La
criatura no esperó respuesta de los jóvenes, salió de la cueva,
desplegó sus alas y se lanzó al cielo. Volvió trascurridos unos eternos
minutos. Su cara era un claro reflejo de que las noticias eran graves.
      —¿Qué ha pasado? —le abordó la joven.
      —Un
inmenso alud ha sepultado el ayuntamiento y unas cuantas tiendas
cercanas. Todo el pueblo está intentando sacar a la gente que ha quedado
sepultada en su interior pero no creo que lo consigan —comentó el dragón.
      —¡Mamá! —gritó la joven y desapareció a la carrera.
      Los
dos se quedaron helados. Cayeron en la cuenta de que la madre de Tanica
trabajaba en el ayuntamiento del pueblo. Roth se acercó a Auliothr y se
cogió de la cabeza. Le clavó sus ojos y respiró profundamente.
      —Tienes que ayudarla —le rogó.
      El
dragón se soltó de su presa y comenzó a moverse nervioso por el
interior de la cueva. En su cabeza estaba batallando una lucha sin
cuartel. Había dado su palabra y no podía intervenir. Si lo hacía lo
exiliarían y ahora que los había encontrado a ellos, no podía
permitirlo. Por otro lado, su amiga y defensora le necesitaba. Además
había prometido defender y ayudar a todos los habitantes de Calha Sbra.
Su cabeza le daba vueltas.
      —No sé lo que vas a hacer pero yo me voy a ayudar por poco que pueda hacer —le instigó el joven.
      Dicho esto salió corriendo en dirección al pueblo.
 
Tanica
llegó a la plaza del pueblo y lo que vio la dejó sin habla. La gente
lloraba y solo unos pocos estaban intentando hacer frente al inmenso
alud. Entre ellos pudo ver a su padre, rascando la superficie de aquel
gigante de hielo y nieve mientras gritaba el nombre de su amada. Parecía
que todo estaba perdido. Ella se acercó a Riol y le abrazó.
      —¿Qué podemos hacer Papá? —sollozaba la joven.
      —No pienso rendirme. —La mirada estaba repleta de lágrimas y sus manos sangraban rascando la pared de ese infierno blanco—. ¡Namen!
      Se
detuvo un momento y miró a su hija. No iba a permitir que su madre
muriera así que tomó una decisión. La agarró por los hombros y la miró
muy serio.
      —Tanica,
necesito que me ayudes. Voy a hacer algo que me prometí no volver a
usar. Necesito que impidas que nadie me distraiga y pase lo que pase y
veas lo que veas, creas en tu padre. —Las palabras de Riol la asustaron. Nunca había visto así a su padre—. ¿Lo has comprendido?
      —Sí Papá. Cuenta conmigo —afirmó la joven.
      —Bien, apártate unos metros y recuerda, ninguna distracción.
      Tanica
se alejó de su padre y cogió un trozo de madera sin saber bien para
qué. Lo que tenía claro es que Riol iba a hacer algo que no le iba a
gustar a la gente de allí. Su padre se despojó de la camisa dejando su
torso al frio del entorno. Junto las manos y comenzó a recitar unos
versos en alguna lengua extraña que ella desconocía. De pronto,
comenzaron a mostrarse unos raros tatuajes en la espalda, los brazos, el
torso e incluso en la cara. Otra vez le llevó esa sensación de crepitar
algo mágico. La gente del pueblo al verle así, comenzó a gritarle e
insultarle.
      —¡Magia prohibida! Es un brujo.
      —Él es el culpable.
      Comenzaron
a acercarse a ellos y Tanica agarró con firmeza el palo. No creía que
fuera capaz de mantenerlos alejado de su padre pero tenía que ayudarle.
Estuviera haciendo lo que fuera, era para poder salvar a su madre.
      —No os acerquéis a él. Solo trata de ayudar —les gritó.
      Entre los asaltantes del pueblo se adelantó Polp, líder de su clase. Extendió un brazo y la señaló.
      —No la escuchéis. Es amiga del dragón y ha estado viéndose a escondidas —dijo mientras cogía un trozo de hielo con la intención de tirárselo—. Es una…
      El
discurso terminó ahí. Roth había aparecido por su espalda y le había
derribado de un fuerte golpe. Tras levantarse corrió al lado de su amiga
y se apoyaron espalda contra espalda para enfrentarse al resto del
pueblo. Tanica agradeció el gesto de su amigo y dejó escapar alguna
lágrima. Miró de reojo a su padre que parecía estar agotado. Parte del
hielo comenzaba a fundirse pero iba demasiado lento. Pronto sus vecinos
se echarían sobre ellos. Todo parecía estar pedido. De pronto, el cielo
se ensombreció. Un rugido atronador puso en huida a los asaltantes y una
enorme figura aterrizó junto a los jóvenes. En ese preciso instante las
fuerzas de Riol fallaron y se derrumbó. El dragón se aproximó a él.
      —Descansa Mago de la Naturaleza. Yo me ocuparé.
      —Gracias —consiguió articular el padre de Tanica.
      —Retrodecer y llevaros a tu padre —les instó el dragón.
      Cuando
se alejaron lo suficiente, una bocanada de fuego nació de sus fauces y
fue a impactar sobre el gigante blanco. Una nube de vapor llenó todo el
pueblo. No se podía ver nada. Parecía el final de todo.
Dos
días después de los aciagos acontecimientos, el pueblo buscaba volver a
la normalidad. Se habían suspendido las clases y todos los vecinos
estaban convocados a la Plaza Mayor. Finalmente, todos los que habían
quedado sepultados en el ayuntamiento habían sido rescatados. La
intervención de Riol y Auliothr había sido decisiva. Aun así, ambos
habían quebrantada diferentes leyes y promesas. Se iba a realizar una
vista pública. Iyto, padre de Polp, era quien iba a presidirla. Era el
gerente de Calha Sbra. Milagrosamente, este se encontraba fuera del
ayuntamiento cuando todo sucedió. Era uno de los hombres que instigaron a
Tanica y su padre. Se acercó a un púlpito construido para estas
ocasiones excepcionales y tomó la palabra.
      —Hace
dos días este pueblo estaba sometido a una situación agónica. Gracias a
la intervención de Riol el Mago y Auliothr el dragón pudimos superar la
crisis. —Se levantó un fuerte algarabío que acalló con un gesto de sus manos—. Las practicas e intervenciones de ambos están prohibidas desde hace décadas y hemos tomado una decisión.
      La
tensión reinaba entre los asistentes. La madre de la joven Tanica la
abrazaba con fuerza. Habían sido momentos muy duros y temían el
desenlace final.
      —Riol el Mago, aproxímate. —Dicho esto, el padre se subió al estrado esperando una triste sentencia—.
Por tus prácticas prohibidas y tu intervención, el consejo ha decidido
fundar una escuela de magia que tu regentarás para recuperar ese
conocimiento perdido tiempo ha.
      ¿Había oído bien?
No solo no le castigaban sino que iba a poder enseñar su arte a quien
tuviera el don de la magia. Namen y Tanica se miraron y rompieron a
llorar de alegría.
      —Será todo un honor —dijo Riol mientras hacía una reverencia y miraba a cada uno de los miembros del consejo.
      Era
el turno del dragón. La marea humana se abrió dejando que la inmensa
criatura llegara hasta la posición del orador. Auliothr era un nudo de
nervios. No deseaba el destierro pero no se arrepentía de su actuación.
      —Auliothr,
Dragón de la Naturaleza. Al intervenir salvaste muchas de las vidas que
juraste proteger, quebrantando otra de las promesas realizadas. —La voz del gerente parecía aplastar la determinación del dragón—. ¿Aun podemos confiar en la palabra de un dragón?
      —Mi palabra es la que guía mis pasos y el honor el que conduce mis días —tronó el dragón.
      —Así
sea y será. Hoy se abre otra promesa que deberás cumplir. Ser un
miembro más de nosotros. Y, como reconocimiento, Calha Sbra será
conocida desde este día como Calha Drake Iet, que en la antigua lengua
es Pueblo de La Naturaleza Villa de Dragón —El dragón levantó su testa y miró a su interlocutor—.
¿Deseas volver a ser nuestro guardián y poder pasear libremente por las
calles y tierras de este pueblo para que vuelva ser tu hogar?
      —Será un inmenso honor y mi deseo más ardiente.

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